8.4.12

Deseos o necesidades

Suele resultarnos difícil comprender que lo que nos causa inquietud, más o menos dañina en función de cómo somos cada uno, no es lo que ocurre en nuestra vida, sino la opinión que tenemos sobre eso que nos ocurre; dicha opinión, en forma de esquema mental, nos acaba provocando un mayor sufrimiento. Los acontecimientos de la vida, en sí mismos considerados, no suelen tener la capacidad de herirnos tanto como nos «quejamos». Una vez que aceptamos que lo contingente participa en parte pero que no causan completamente nuestros sentimientos, estaremos en mejor disposición para entender que somos nosotros los que, según la manera de pensar y razonar, aumentamos enormemente la capacidad de control sobre tales estados emociones. Aunque apenas podamos cambiarlos por nuestra propia voluntad, podemos sí someterlos sensiblemente a los procesos de nuestra decisión. Y podremos, si así lo deseamos, dirigir la manera de pensar para reconocer las emociones negativas, tales como la tristeza, el disgusto, la frustración, el fastidio o la irritación, y rehusar, tantas veces como sea necesario, la cesión a los sentimientos inapropiados y autodestructivos, como la ansiedad, la depresión, la hostilidad o el autofracaso. Es, por tanto, necesario que aprendamos a detectar los esquemas mentales inadecuados, que suelen estar situados en los «debería...» y en los «tengo que...». Porque con estos imperativos que brotan casi espontáneamente de nuestro pensamiento, será difícil que no hagamos interpretaciones contrarias a la realidad que percibimos con los sentidos. Si fuéramos capaces de mantenernos en nuestros deseos y preferencias y no las proyectáramos a las necesidades y autoexigencias, no nos equivocaríamos tanto en la percepción de la realidad externa e incluso la interna; así tendríamos una opinión más realista de quienes somos. Por contra, cuando transformamos los deseos en necesidades, distorsionamos la percepción de la realidad externa y de nuestra interioridad y acabamos sintiéndonos mucho peor.

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