4.4.12

¿Te levantas ya?

Hoy ha vuelto a suceder. ¿Para qué... para qué... para qué? -me preguntan repetidas veces-. ¿Para qué insistir una y otra vez si los demás siguen igual? ¿De qué me ha servido comprender cómo soy y por qué me comporto como lo hago; o, mejor dicho, para qué necesito «despertarme»? Estas preguntas y la angustia asociada me han hecho recordar vívidamente el camino recorrido. Yo doy gracias a Dios por el ánimo recibido. Veamos algo del asunto.


Desde la tradición más humanista de la psicología, el crecimiento personal se ha considerado como un «despertar», como un agrandamiento -a lo ancho, a lo largo y a lo alto- de la consciencia sobre cada una de las vivencias que sentimos. Cuanto más potente, clara y distinta sea  la consciencia sobre nuestras vivencias, más personal será nuestra existencia. Así, del mismo modo que la adquisición de conocimientos es necesaria para el mayor desarrollo de la persona, también una mayor grado de consciencia se identifica con una mayor madurez personal. Pero, ¿por qué es tan importante la consciencia? Porque es uno de los mecanismos de supervivencia a nuestra disposición. Bien es cierto que, en nuestro caso, el grado de consciencia depende mucho de nuestra voluntad: si queremos podemos caminar por la vida sonámbulos, sin darnos cuenta de buena parte de cuanto sucede a nuestro alrededor; pero, si lo elegimos, podemos desperezarnos e ir quitándonos piezas de la armadura oxidada que, como aquel caballero del cuento, nos hemos puesto poco a poco a lo largo de nuestros años de vida. Así, «el diseño de nuestra naturaleza contiene una opción extraordinaria: la de buscar la consciencia o de no hacerlo (o evitarlo activamente), la de buscar la verdad o de no hacerlo (o evitarlo activamente), la de enfocar nuestra mente o no hacerlo (u optar por defendernos a un nivel de consciencia inferior). En otras palabras, tenemos la opción de ejercitar nuestras facultades o de subvertir nuestros medios de supervivencia y de bienestar» (Branden, 1994).

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