15.5.12

Deshonestidad

La decisión fue difícil; si hubiera estado frente a una página en blanco, con un café al lado del teclado del ordenador y una música suave en el ambiente, más que nada para animar las ideas, entonces las gafas de ver, ésas a las que con los años todos tenemos que recurrir, se le habrían caído de las manos por los nervios del momento. Pero no, ni estaba relajado ni estaba buscando la inspiración que le permitiera repensar y redactar las ideas anotadas en un cuaderno, a la espera de su oportunidad. Notó fuerte y rítmico el latido del corazón, en el centro de su pecho. ¿Por qué...? -escuchó-. Por momentos desearía haber estado escribiendo e imaginando lo vivido; aunque verdaderamente fue como vivir lo vivido. Y es que no se sabe bien «¡¿cómo vivir...?!, ni ¡¿cómo luchar...?!, ni ¡¿cómo decirle al corazón qué estás haciendo?!». Se sentía muy triste y en las miradas intencionadamente dirigidas hacia su inconsciente no encontraba más que frustración y rabia contenida: gran enfado enlatado y reflejado en la deslealtad con uno mismo y, en consecuencia, en la falta de honestidad con todos los demás. Bajar a las profundidades fue como un bálsamo revitalizador porque podía comprenderse en sus decisiones  en zigzag. Debía terminar con aquel bucle absurdo en el que nadie salía nunca bien parado. Ante la pregunta no cupo finta y las bromas sobraban por sobreactuadas. Bebió de dos tragos cuanto había dicho en todo el tiempo pasado; apretó la mandíbula con fuerza; se agarró a lo que pensó que sería algo real y lo ejecutó entre dudas y temores anquilosantes que se resistían a ceder por una decisión presente. Probablemente, además, no se entendería y sería juzgado. Su paso fue cuidadoso para evitar más daños y los adoquines le saludaban la mirada cabizbaja. Notó el temblor en todo su cuerpo. Temor y temblor. Con todo, al amanecer, el calorcito salió a su paso, tras la noche estrellada.

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