8.5.12

Pespuntes de hilos de seda

Hay algo raro en el ambiente creado por uno de esos caprichos azarosos con que la vida nos sale al paso de vez en cuando. En otro tiempo, el humo habría amortiguado el sabor de la sorpresa. Ahora ya no puede ser y la desnudez afronta el reto. Los movimientos tienen que ser lentos, cadenciosos, suaves y armoniosos, justo los que resultan necesarios para enhebrar. ¡Ojo!: una pequeña alteración en las mezclas y todo se habrá ido al traste... una vez más. Pongamos cuidado extremo: el cuerpo maltrecho por tanto deambular de aquí para allá no aguantaría otra andanada. Y, en esa paciente realidad que es una obra de arte frente a sus observadores, surge una personalidad de fuego por entre los resortes de lo que había venido a convertirse en una vida ausente. Tal vez haya mudado y ya está presente. Es como la luz alumbrando a la luz; como el gris tornasolado que se aprecia entre el blanco y el negro zaino de la noche inquieta y nerviosa de una noche de luna llena; y que con su misterio adorna y embellece todo cuanto alcanza con la ilusión de una vida real. Dejemos que así sea: ¡qué más nos da al resto de los mortales! Sólo es una ondulación rítmica y armónica sorteando el ajetreo de sonidos conocidos y olores familiares, y amenazada por lo absurdo de las casualidades y por miradas inquisitivas, chirriantes, desquiciadas y perdidas. Lo irreal y lo sucedáneo, aún estando cosido con preciosos hilos de seda, acaba mostrando su lado amargo; pero sólo lo notamos cuando el trago ya es inevitable. Sólo tiempo frente al mar plateado de una clara noche veraniega es lo que quiero. Tal vez fluyendo...

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