6.5.12

Sísifo

Como el mito de Sísifo, nos pasamos la vida tratando de encontrar el equilibrio, la calma, la situación "perfecta" que nos permita vivir en paz hoy y para siempre. Pero nunca llega esa situación. En nuestra cotidianidad suele haber algo que nos incomoda o un deseo sin satisfacer que nos empuja con fuerza a la inquietud. Las incomodidades pequeñas, sobre todo aquellas que sentíamos cuando éramos niños, nos sirven para entrenarnos en el arte de prestar atención a lo que nos resulta interesante, en la asunción de riesgos y en la pérdida o el mantenimiento del control sobre la situación que estamos viviendo. Los tropiezos más grandes -habitualmente vividos en la adolescencia y la primera juventud, aunque nunca estamos a salvo de ellos- se viven como verdaderos trolebuses que nos arrollan sin contemplaciones, haciendo que nos sintamos meras briznas de paja al albur del viento y de las circunstancias. Algunas de estas heridas se experimentan como interminables y definitivas para toda nuestra vida. La literatura está repleta de descripciones de estas emociones, como podemos encontrar en la novela rusa del siglo XIX o la literatura mística de San Juan de la Cruz, por ejemplo. Lo trascendental en estas situaciones no es el hecho que provoca la herida sangrante, sino el sentimiento de pérdida de sentido, de orden, de control... y, sobre todo, de identidad y de esperanza. ¡Cuántas veces he escuchado desde la atalaya de la consulta: "ya no sé ni quién soy" o "ya no tengo ilusión ninguna, ni esperanza de cambio"! La vivencia en conjunto es de pérdida de integridad personal completa. Sin embargo, todas esas sensaciones no son más que metáforas de muerte y de desintegración de la vida tal y como la conocíamos hasta ese momento. La vida es puro dinamismo, cambio, transformación. Y las "caídas" se convierten, desde este punto de vista, en oportunidades para la evolución personal, aunque tengamos que luchar con la rigidez que sentimos en nuestro interior y con la desorganización propia de las revoluciones.

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