18.6.12

Del placer y las intenciones

Entre tertulias y conversaciones de amigos surgen asuntos y temas trascendentes -más de los que advertimos- que, a poco que le pongamos un poco de atención, nos afectan con fuerza e intensidad. Unas veces, lo dejamos pasar y apenas nos sirven para entretenernos un rato mientras nos tomamos una cerveza bien fría sentados en una terraza donde la sombra nos alcance en estos días previos al verano. Otras veces, las menos a mi modo de ver, al pararnos a pensar sobre lo que surge en esos encuentros, nos acabamos sorprendiendo de la importancia de lo hablado. Algo así es lo que me ha sucedido este último fin de semana: diálogos que no quiero que se conviertan en meras palabras que, entonando a trío con Mina y Alberto Lupo aquello de "parole, parole, parole", queden olvidadas entre las múltiples actividades que hacemos a diario que consideramos menos importantes. Y es que cuando no aparecen escorpiones en el horizonte, salen a nuestro paso malentendidos, o deslealtades -deshonestidades decíamos hace poco-, que no hacen más que complicar el contacto personal. Pero, ¿para qué? -he aprendido a preguntarme-. ¡Palabras bonitas que no son más que aguijonazos! Violines y rosas rojas, martinis y efluvios de noche. Serán, digo yo, meros intentos de eludir las tensiones y las emociones más negativas, como se ha venido diciendo hasta ahora. Dejémonos ya de caramelos o de juramentos o de pretensiones de una palabra más que pudiera resultar seductora. Puede que por el placer y el bienestar digamos palabras vacías de contenido cuyo alcance no medimos. Pero, ¿y la intención verdadera? ¿No valdría la pena arriesgarse y expresarla con claridad?

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