17.9.12

Bailar de lejos

Sentirnos profundamente solos, tal y como hemos venido diciendo en las entradas anteriores, suele provocar un cierto malestar que el individuo no puede soportar durante mucho tiempo. Cuando eso nos está ocurriendo, tendemos a recurrir a todo tipo de estratagemas para evitarlo: bien envuelta la sensación en papel de estraza la lanzamos con fuerza lejos del alcance de la experiencia consciente con algunos de los mecanismos de defensa a nuestra disposición. Lo que ocurre entonces es que esos mecanismos tienen que estar a punto y a pleno rendimiento casi todo el tiempo, porque la sensación de soledad está dentro de uno mismo, es permanente y espera que la reconozcamos. ¿Cómo podemos entonces protegernos del miedo a esa soledad tan esencial? Lamentablemente una parte la tendremos que soportar con valor, como ya se ha dicho en otra entrada, porque nadie puede morir nuestra muerte y nadie puede vivir nuestra vida. El resto, habrá que aliviarla en el contacto con otros como nosotros, ya que esos encuentros podemos obtener el acogimiento necesario: es la defensa más universalmente empleada. Si somos capaces de reconocer nuestra situación de aislamiento en la existencia y de afrontarla en nuestro interior con resolución, también seremos capaces de acercarnos afectuosamente a otras personas. Y aunque ninguna relación puede eliminar completamente el aislamiento, tendemos a compartir la soledad de tal manera que la comprensión compensa el dolor del aislamiento. Si, por el contrario, estamos sobrecogidos y el miedo ante el túnel de la soledad nos bloquea, no sabremos extender los brazos para acercarnos a otros, sino que les golpearemos por la angustia y para no ahogarnos en el mar de la existencia. En este punto, nuestras relaciones con los demás no son verdaderas relaciones, sino distorsiones de lo que pudieran llegar a ser. Y no serán más que la pieza de un engranaje que cumplen una función en nuestra vida. Y nosotros en la suya. Bailamos sin tocarnos; nos hablamos cada uno en una lengua desconocida para el otro. Pero la conciencia de esta función está demasiado cerca del miedo que nos acecha, y necesitamos un encubrimiento aún mayor, para lo cual acabamos buscando en esas mismas relaciones algo sólo aparentemente necesario (poder, fusión, protección, grandeza o adoración) que, a su vez, nos sirve para olvidar el aislamiento. He ahí una buena fuente para las fantasías. Sin embargo, como no son más que fantasías, aquellas relaciones ni pueden rescatarnos de la soledad ni llegan a vivirse plenamente como relaciones personales. Y sobreviene la frustración que nos aboca a seguir buscando fantasías sustitutivas con apariencia de verdad.

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