16.9.12

Como en casa

La vivencia de sentirnos profundamente solos, hasta perder de vista nuestras balizas de orientación, provoca sensaciones de extrañeza y de vacío, de no estar en el mundo como en nuestra propia casa. Surge, entonces, el miedo a la soledad desde el desierto de cada uno, desde la nada que está en el centro del ser, desde el aislamiento existencial en que todos nos encontramos. Ante tal situación solemos estremecernos al darnos cuenta de que nada es como solíamos creer que era y reina la contingencia; todo podría haber sido diferente a como lo hemos vivido; incluso lo bueno y más apreciado de nuestra vida puede evaporarse repentinamente.


Paradójicamente, el desarrollo de la persona supone el establecimiento gradual de límites que marcan dónde termina uno y dónde comienzan los demás, para convertirnos en seres humanos independientes y seguros de nosotros mismos. Desde este punto de vista, no separarse es sinónimo de no crecer y no lograr desarrollar nuestra propia estima: el coste inicial de convertirnos en persona es el conocimiento de nuestro aislamiento connatural. Y renunciar a la fusión interpersonal para llegar a ser nosotros mismos -aspiración de todo adolescente que se precie- significa encontrarse con el aislamiento existencial y con todos los temores y sensaciones de impotencia que suele traer aparejados. El problema es que cuando este intento de individuarse se lleva a cabo en un estado de insatisfacción y frustración, o en un momento demasiado temprano del desarrollo evolutivo, el individuo no se encuentra preparado para afrontar esa factura que es el aislamiento inherente a la existencia autónoma. Así, los encuentros con los demás se tornan vacíos por la tensión provocada por el miedo a la soledad junto con la necesidad de ser uno mismo. Por un lado, tenemos que aprender a relacionarnos con los demás, sin ceder al deseo de escapar del aislamiento existencial, convirtiéndonos así en una parte de la otra persona; por otro, también tenemos que aprender a relacionarnos con los otros sin reducir al otro al papel de mero instrumento frente a ese mismo aislamiento. Y de nuevo se plantea aquí otra paradoja porque... es precisamente al afrontar la soledad desde el ser personal cuando nos comprometemos más profunda,  íntima y significativamente con los demás. Sólo así vuelve la sensación de "estar en casa".

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