18.9.12

La vela mayor

Así es nuestro psiquismo: un cajón de sastre en donde se mezclan sin orden deseos, emociones, pensamientos, mecanismos de defensa y estrategias de encubrimiento. Pero entonces, ¿qué es una relación interpersonal sana y auténtica que nos libere de la soledad? ¿Cómo es posible relacionarse con otro, amarle por sí mismo, y no por lo que me proporciona? ¿Cómo podemos amar sin utilizar, sin un quid pro quo, sin que en la vela mayor soplen los vientos del apasionamiento, de la admiración o del egoísmo? El verdadero contacto ocurre, en el mejor de los casos, entre personas que se relacionan libres de necesidad. Pero esto es mucho decir; no sé si podrá ser algo más que un deseo. En cualquier caso, hay dos maneras posibles de estar en una relación personal: viendo en el otro un tú personal o viendo en el otro un tú cosificado que nos sirve para algo. La primera sólo es posible desde la libertad y supone una apertura plena hacia quien es la otra persona y un cambio del yo, que queda transformado tras el encuentro: es como si volviera a nacer. La segunda es una mera relación instrumental entre un sujeto y un objeto. No sirve, en consecuencia, para salir de la soledad. Nunca; porque al relacionarnos con alguien que nos sirve para algo, sólo nos sirve para lo que lo hemos usado y uno acaba reteniendo el resto de sí mismo. Y si uno se relaciona con otro reteniendo una parte de su ser, no entregándose plenamente; o si uno se relaciona con ansia o anticipando un beneficio; o si uno permanece en una actitud objetiva, como si fuera un espectador, y se pregunta cuál es la impresión que están causando en el otro sus acciones; entonces estamos ante alguien que ha transformado el encuentro en un encuentro interesado. Y así no logramos salir de la soledad. Para relacionarnos con otro sin necesidad, tenemos que perdernos o trascendernos a nosotros mismos y evitar las actitudes descritas arriba. El modo básico de la experiencia interpersonal es el "diálogo". Cuando, por contra, en el encuentro dirigimos la atención hacia nosotros mismos, hacia nuestros intereses o hacia el placer experimentado en el contacto, el diálogo se desvanece y muta en "monólogo". En esta vuelta hacia uno mismo, uno se preocupa de lo obtenido en el contacto y se olvida del ser personal del otro.

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