22.9.12

Ni fantasías ni escondites

¿Qué nos ocurre entonces? ¿Por qué nos cuesta tanto mostrar esa actitud amorosa a la que nos hemos referido para escapar de la soledad? ¿Cómo hacemos para acabar comportándonos de manera que caemos, una y otra vez, en la soledad?


No me cabe más remedio que destapar la "caja de los truenos" de la autoestima si queremos responder las preguntas planteadas. Así, si no logramos desarrollar la fortaleza interna suficiente, una buena valoración de nosotros mismos como personas y una identidad personal firme y estable que nos permita enfrentarnos a la sensación de aislamiento existencial y comprender que, en última instancia, estamos solos y que esa angustia puede ser una respuesta emocional normal, estaremos alejándonos del camino más corto para conquistar la sensación de seguridad.


¿Cómo solemos buscar, entonces, tal seguridad? ¿Cuáles son los caminos más largos empleados por la mayoría de nosotros?




  • La mayor parte de las veces, como no podía ser de otra manera, buscamos en las relaciones interpersonales la escapatoria a la sensación de soledad existencial aunque, como ya se ha dicho en otra entrada, puedan no servirnos para ese cometido. Y ello porque en ocasiones la persona que se relaciona con nosotros, o nosotros mismos al relacionarnos con los demás, no nos relacionamos desde nuestro ser personal, sino que más bien utilizamos el encuentro para una función, para algo que necesitamos de la otra persona. El problema es que el miedo -terror en algunas ocasiones-, la conciencia directa del aislamiento existencial y las historias mentales y fantasías que elaboramos para aliviar la angustia que nos produce aquel aislamiento, son inconscientes; no nos damos cuenta de cómo actúa todo ese engranaje. Uno sabe solamente que no puede estar solo, que desea desesperadamente obtener de otros algo que nunca le es posible obtener por sí mismos y que, por mucho que se esfuerce, algo va mal siempre en sus relaciones interpersonales.

  • Pero existe otra manera de afrontar la angustia de soledad mediante el sacrificio aparente -sólo es un escondite- del propio egoísmo: se puede obtener cierto alivio a la angustia derivada del aislamiento sumergiéndose en la vida de otra persona, o en una causa o en una meta u objetivo personal. El problema es que tampoco ésta es una manera que acabe de evitarnos el sufrimiento. Kierkegaard lo expresa hábil y bellamente en sus escritos al afirmar que hay dos fuentes de angustia: la básica  por la soledad existencial a la que está sometido el ser humano y aquélla que sobreviene por el sacrificio de la conciencia de sí mismos, precisamente porque impide ser consciente de la primera y resolverla personalmente.

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