28.9.12

Sorteando la soledad (I)

Hasta ayer he intentado esclarecer lo que nos ocurre, desde mi punto de vista, ante la problemática de la soledad o, como también lo hemos venido llamando, el aislamiento existencial. La cuestión ahora es revisar qué podemos hacer, cómo podemos afrontar la angustia que produce la soledad. Iremos poco a poco, del mismo modo que hemos procedido para la explicación anterior. Comencemos.


Las personas que se sientes solas y que sufren por ese sentimiento de soledad más o menos permanente, suelen tratar de mitigar su miedo a seguir solos recurriendo a las relaciones interpersonales: de alguna manera necesitan la presencia de otros para afirmar su propia existencia; buscan un referente en quien verse reflejados para reconocerse; desean encontrar a alguien que por su superioridad sea capaz de acogerles, o, por el contrario, calman su miedo acogiendo ellos, desde su seguridad actuada, a otros; podrían incluso procurar obtener relaciones de pareja para asegurarse la permanencia del otro, o que no es más que una caricatura de la relación de amor auténtica. En pocas palabras, la persona atemorizada y encogida por la angustia que provoca sentirse solo trata invariablemente de encontrar ayuda en una relación. Trata de alcanzar a otro no porque quiera, sino porque no le queda otro remedio, y, por tanto, la relación resultante está basada más en la supervivencia que en el desarrollo personal. Pero la trágica paradoja es que aquellos que necesitan tan desesperadamente el bienestar y el placer de una relación auténtica, son precisamente los menos capacitados para crearla, o para mantenerla en el tiempo. En consecuencia, lo primero que tenemos que averiguar y comprender bien es lo que hacemos con los demás; el sentido de nuestro comportamiento cuando nos acercamos a otro para establecer algún tipo de relación. En este sentido, las características de una relación de amor libre de necesidad nos proporcionan una imagen de referencia con la que comparar nuestro comportamiento; así llegaremos a saber nuestras verdaderas intenciones. Por ejemplo, ¿nos relacionamos exclusivamente con aquéllos que pueden proporcionarnos algo? ¿Orientamos nuestro amor a recibir antes que a dar? ¿Intentamos conocer a la otra persona en su sentido más pleno? ¿Cuánto retenemos de nosotros mismos? ¿Escuchamos realmente al otro? Obviamente estas mismas preguntas debería formulárselas quien se acerca a nosotros, no vaya a ser que también esté huyendo de su sentimiento de soledad.

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