30.9.12

Sorteando la soledad (III)

Aunque nos resulte complicado al principio, a través de las relaciones con los demás podemos darnos cuenta de cuál es nuestro estilo al interactuar y, así, comprender la naturaleza de nuestra conducta interpersonal, los impactos que produce en los demás y la responsabilidad que tenemos en nuestra soledad. No sería extraño que nos encontráramos con creencias muy arraigadas, como por ejemplo, que no vale la pena invertir tiempo y esfuerzo en algo que necesariamente se va a desvanecer, porque nunca hemos logrado mantener amistades: unas veces porque somos muy diferentes; otras porque hasta que no se tiene evidencia de que la relación de amistad va a ser duradera no se involucran de verdad. Ciertamente, estos argumentos tienen una cierta fuerza argumentativa: ¿qué sentido tiene cultivar una amistad que no va a ir más allá de un período de tiempo? Algunas veces evitamos comprometernos con los demás porque elegimos no establecer relaciones superficiales y "falsas". Desde esta pose, cada vez que nos aproximamos a los demás o expresamos algún sentimiento, algo nos dice que estamos interpretando una farsa y que incluso los sentimientos expresados pueden ser actuados. Es decir, la soledad y el miedo es previo a la interacción. Podemos llegar a culpar a los demás de que no se acercan a uno con la veracidad que permitiría una auténtica amistad. En este tipo de interacciones -más o menos viciadas desde el origen- pueden superarse con el compromiso con los demás, con la búsqueda activa de la interacción que permita dejar de pensar a propósito de uno mismo y a las circunstancias propias. El camino están en extender las manos hacia los demás, entrar en sus experiencias, abrirse lo más posible. Cuando lo logramos, sentimos que estamos vivos, que la vida nos arrastra -y no que nos arrastramos por la vida-, que nos comunicamos con los demás y no estamos pendientes de nosotros mismos ni atentos al sentimiento de soledad que nos ha inundado durante mucho tiempo. En nuestro intento activo podemos apreciar la forma en que las relaciones enriquecen el propio mundo interior. Así podemos poner atención sobre el puente que la relacion interpersonal tiende sobre la sensación angustiosa de la soledad. Tal vez nos alteramos por el encuentro con otra persona, aunque se trate de un encuentro breve. Pero si nos hemos implicado, podemos interiorizar el encuentro y éste pasa a convertirse en un punto de referencia interno, en un recordatorio omnipresente de que éste es posible y de la satisfacción que nos aporta.

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