6.10.12

El peregrino pensante

La magia del encuentro real, tal y como se ha planteado hasta ahora, nos permite darnos cuenta de que somos los arquitectos que proyectamos nuestra propia vida. Cuando somos conscientes de la soledad que también afrontan las personas con las que nos encontramos, comprendemos la responsabilidad que tenemos sobre nuestra propia vida: somos lo que hemos decidido ser, vamos a donde nos llevan los pasos que hemos tomado en nuestra vida y somos, en consecuencia, quienes podemos cambiar la dirección. Y es que en el encuentro uno se da cuenta de cuánto puede recibir del otro, pero también se da cuenta de cuánto no va a recibir del otro. Cuando percibimos a la persona con la que nos encontramos como una personas más, como alguien semejante a nosotros mismos, le despojamos de su vitola de salvador de nuestra vida. Y entonces se produce el momento mágico más especial del viaje porque, en palabras de Fisher, "el peregrino se atreve a pensar". Y ahí, en ese instante de luz, nos damos cuenta de que no hay nada que esperar ni que buscar fuera de nosotros mismos. En la plenitud de un encuentro personal podemos sentir que todos somos iguales. Y en ese pensar tranquilo, en esa permanencia en la calma de la interioridad descubrimos la inmanencia infinita de nuestro ser personal: la dignidad de nuestro ser personal. Porque lo que se desenvuelve tras un encuentro real es algo que ya estaba ahí: en el encuentro real, a través la comunicación sincera sobre lo que tenemos en nuestro interior, se descubre lo que no éramos capaces de ver nosotros mismos. Y, aunque la primera emoción sea el miedo o el susto ante lo que se hace visible tras apartar el papel que lo envolvía, ese "traer a la vida" algo de mi propia persona, supone tocar con las puntas de los dedos algo parecido a la libertad personal.


En breve: el encuentro amoroso real entre dos personas requiere del intento verdadero  por llegar al otro, no desde las necesidades personales, sino con la pretensión de que el otro crezca y se desarrolle como persona. Incluso podríamos decir que en este movimiento no se requiere la reciprocidad de aquél con quien nos pretendemos encontrar. Encontrarse y comunicarse para llegar a ver el mundo por sus propios ojos y vivirlo como el otro lo vive. Por eso debemos acercarnos sin ideas preconcebidas, sin estructuras mentales fijas, sin necesidades personales que satisfacer. Sólo desde esta actitud podremos compartir verdaderamente su experiencia sin juzgar y sin personalizar. Es en ese momento cuando la soledad de ambos es tan clara que el encuentro produce un reencuentro con uno mismo. Y ahí... la soledad ya no es angustiosa.

No hay comentarios:

Deja tu comentario: