3.10.12

Hacer como si...

Parece claro, por lo expresado hasta ahora, que la soledad puede estimular mucho el desarrollo personal. En la soledad, las personas podemos aprender a encarar aquello que más tememos. Lo que nos rodea acaba llamándonos la atención para distraernos de lo verdaderamente importante: nuestros quehaceres cotidianos oscurecen nuestra realidad interior y el único modo de quitar ese velo es ahondar en la experiencia del propio aislamiento. Y -sí, es cierto- al darnos cuenta de que el mundo es tal y como lo percibimos, topamos invariablemente con una gran confusión interna porque cada uno de nosotros podemos percibir el mundo de una manera:  por tanto, también el mundo puede ser distinto a como yo lo estoy percibiendo.


Ahora bien, aceptada la premisa de que estamos solos, ya hemos hablado de que tendemos a buscar la solución más fácil: no nos cabe otra posibilidad que buscar relaciones con personas que respondan de un modo genuino, es decir, personas que nos hagan sentir seguros y aceptados, además de la compasión y la empatía de la que hablábamos días atrás. Es una experiencia emocionalmente muy intensa sentir que alguien "está" verdaderamente con nosotros y que es capaz de comprendernos, aceptarnos y querer nuestro bien, incluso por encima del suyo propio. Por algún mecanismo que todavía no se ha desentrañado, las relaciones personales genuinas son cruciales para el proceso del cambio personal. Parece que tales relaciones funcionan como catalizadores del cambio porque ayudan a clasificar las otras relaciones que hemos tenido y seguimos teniendo en la vida y porque se vivencia la belleza de una relación real en la propia piel. Por decirlo de otro modo, "lo que cura es la relación": cuanto más real es ésta, más potencia tiene para estimular en la propia persona el cambio; por contra, cuanto menos real es una relación, menos potencia como catalizador del cambio y, en consecuencia, mayor probabilidad de que en nuestra vida todo continúe igual, incluida la angustia por el sentimiento de soledad. Definitivamente podemos afirmar sin temor a equivocarnos que las relaciones personales reales -no importa su naturaleza- tienen un gran potencial catártico; aquéllas que no son más que una representación en la que uno y otro interactuantes "hacen como si...", nos bloquean y nos mantienen en nuestra pose egoica. Y, en este caso -los hechos son tozudos-, todo sigue igual.

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