2.10.12

No con miedo

Pero la compasión y la empatía requieren un cierto grado de equilibrio; no pueden construirse sobre la base del pánico. Por esta razón, uno tiene que empezar a confrontar y tolerar el aislamiento, para ser capaz de utilizar los recursos disponibles y resolver más plenamente la propia situación existencial. Aunque es difícil afrontar el aislamiento, en última instancia ayuda a catalizar el desarrollo personal. Como ya habéis comentado en alguna entrada anterior, Fromm (1963), en El arte de amar, afirmó que "la capacidad para estar solo es una condición de la capacidad para amar". De alguna manera, "la soledad, en lugar de separar al individuo o de causarle una división del yo, expande a integridad individual, la perceptividad, la sensibilidad y la humanidad" (Moustakas, 1961). También Camus (Charlesworth, 1975) afirmó que "cuando un hombre ha aprendido cómo permanecer solo con su sufrimiento, cómo superar su deseo de escapar, le queda ya poco que aprender". Y Hobson (1974) dijo: "Ser hombre significa estar solo. El continuar siendo una persona significa explorar nuevos modos de permanecer en nuestra soledad". Hasta aquí, de un modo teórico si se quiere, podemos estar más o menos de acuerdo. El problema está en que aquellos que afrontan y explotan su aislamiento, pueden aprender a relacionarse con los demás de un modo maduro y amoroso; sólo aquellos que son ya capaces de relacionarse con los demás y que han alcanzado un mínimo de desarrollo y madurez, son capaces de tolerar el aislamiento. O dicho de otro modo: cuanto más alto es el nivel de autorrealización de una persona, menor es la angustia por la soledad. Y una evidencia más: según Otto Will (1978), las personas que han vivido en familias capaces de proporcionarse recíprocamente amor y respeto, se muestran capaces de ausentarse del seno familiar y tolerar la separación y la soledad; por contra, quienes han vivido en familias conflictivas, al carecer de preparación para afrontar la separación, se aferran a la familia para hallar refugio frente a la angustia de la soledad. Obviamente, con miedo no llegamos a descubrir los recursos personales que tenemos escondidos y la fortaleza con la que se nos ha equipado.

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