30.1.14

La mejor versión

Hay, qué duda cabe, muchas maneras de pensar todas igualmente válidas y respetables. No pretendo hacer aquí una crítica de ninguna de ellas. Quiero compartir mis reflexiones sobre algunos de sus ingredientes irracionales que sólo sirven para convertirnos en los causantes de nuestra propia inquietud. El sufrimiento es, en gran medida, la consecuencia de esa forma peculiar que tenemos de mirar el mundo, no sólo el producto de fuerzas externas. Todos tenemos nuestro propio sistema perverso de lógica existencial coherente y con una buena consistencia interna a nuestros ojos, pero que acaba inevitablemente minando la salud psicológica. Hemos de tratar de eliminar las ilusiones mentales y descubrir los autosabotajes en que incurrimos y los errores de nuestra percepción. Ahí está en cierto modo la liberación psicológica a la que podemos llegar después de una inspección detallada del funcionamiento interno de nuestra mente.


La principal dificultad está en que suele ser necesaria una mirada intencionadamente objetiva de nuestro sentido del yo básico para que sea veraz; y ese mirarse nos provoca tanto miedo que preferimos confiar en que lo que hemos sido hasta ahora es la mejor versión de nosotros mismos: «¿para qué mirar tanto si he llegado hasta aquí y está claro que son los demás quienes me fastidian? ¿servirá para algo o no será más que un ejercicio de remover lo feo? Al fin y al cabo, no se está tan mal así y más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer» -nos decimos-. Ha llegado el momento de que nos tomemos en serio a Sócrates y su «conócete a ti mismo». No estaría mal que dedicáramos un poco de tiempo a reexaminar el concepto del yo en el que basamos la vida porque, en realidad, no somos lo que creemos ser. Resulta sorprendente darse cuenta de que pocas veces nos molestan las cosas que creemos; que lo que deseamos es a veces exactamente aquello que no necesitamos para nada; y que aquello que queremos es precisamente lo que más puede perjudicarnos...; pero no lo sabemos y, si lo sabemos, miramos a otra parte y lo seguimos eligiendo porque le encontramos alguna virtualidad a pesar del sufrimiento que supone o a pesar de la evidencia de que estamos yendo contra nuestras más íntimas y profundas convicciones personales. El camino es tortuoso: y si lo recorremos nos encontraremos con revelaciones  desagradables y puede que tengamos que cambiar o abandonar por completo algunas posturas personales muy arraigadas.


Somos muchos los que estamos satisfechos con las ilusiones de la mente cuando no son más que fantasías del ego. Si nos paramos a mirar nuestro cuerpo, pensaremos que podemos mejorarlo con unos simples ajustes menores... un poco de chapa y pintura, cuatro carreras, tres canastas y la cosa está hecha. Pues lo mismo nos sucede con el carácter y la necesidad de aliviar el «dolor psicológico»: dejando de hacer esto e intentando hacer aquello otro bastará para cambiar lo que nos molesta y ser felices. Estamos demasiado involucrados defendiéndonos de lo externo y no somos capaces de ver más allá: tenemos una ceguera voluntaria y decidimos no apreciar ni valorar la posibilidad de que nos hayamos equivocado en el camino de la paz y la tranquilidad interiores. Ahora mírate, por favor: ¿seguro que ésta es tu mejor versión?

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