13.1.14

Prólogo

Nuria Marugán ha publicado su segunda obra literaria poco antes de la pasada Navidad, bajo el título Cuadernos azules. Me pidió que le escribiera el prólogo y lo hice con gran disfrute y agradecimiento por su confianza. Aquí os lo dejo.


"La lectura de Cuadernos Azules me inquietó desde la primera palabra… Nada cambia si nada cambia. Solía repetirme una y otra vez esta máxima entre la inquietud de su aparente certeza, el miedo a que no fuera más que una de esas frasecillas que navegan de puerto en puerto sin que apenas nadie se pare a reflexionar acerca de su significado, y la rabia de intentar una y otra vez que la vida fuera distinta. Al final, ese conflicto emocional —fuente de la mayor parte de la angustia que intenta golpearnos a diario— me tuvo entretenido y atenazado e impedía mis avances. Nunca importó dónde pudiera encontrarme, por mucho que el ansia de un cambio de escenario me ayudara a esperanzarme en dejar atrás los fantasmas y las manías que no habían hecho más que fastidiarme y sabotearme: el yo que era acababa saliendo siempre a la escena para interpretar el papel protagonista.


Es posible que el ejercicio que la autora ha realizado en esta obra sea el más arriesgado de cuantos podemos acometer a lo largo de nuestra vida: abrir la memoria y revisar descarnadamente lo ya vivido, tal vez para simplemente comprenderlo, o tal vez para revivirlo de una manera más humana y, en consecuencia, menos dolorosa. Y es que humano es el sufrir y humano es el gozar. El primero se nos muestra como inhumano cuando, digo yo, es la señal que nos indica el camino a recorrer para dejarlo atrás. El segundo nos lo venden como deseable y necesario; pero su búsqueda incesante y obsesiva no hace más que meternos en líos. Hay que hilar muy fino si queremos darnos cuenta de qué es lo que realmente ocurre en nuestra vida.


Nada cambia si no cambia algo en nuestro interior. En este texto podemos disfrutar de un auténtico ejercicio de introspección y de indagación en cada una de las vivencias cotidianas que la autora atina a expresar con tremendo y apasionante realismo. Resulta conmovedor revisar cada pequeño texto y bucear en sus colores y tomarlos como pretextos de aquel trabajo personal que, ineludiblemente, todos tenemos que emprender. Y es que los oscuros, más que los claros, nos muestran nuestra verdadera manera de ver; y su afrontamiento, los mecanismos del yo para sortearlos. Si estos últimos nos resultan útiles o no en su empeño, la vida misma ya nos lo muestra.


¡Cómo cuesta dejar el primer papel en la representación teatral de la vida! Incluso cuando los hechos son irrefutables por tozudos, somos capaces de seguir afirmando que merecemos ser el protagonista principal. No importan el tiempo pasado, ni la imagen, ni las batallas perdidas… el yo, en su intención de ser el que siempre ha sido, se niega con mimo —más que nada para no levantar sospechas— a reconocer que cualquier otro modo de ver el mundo es peor que el propio. Y así tropezamos una y otra vez e incluso puede que lleguemos a considerar que somos precisamente «el que tropieza de esta singular manera». Los vericuetos por los que nos introduce la autora de este libro nos permiten iluminar precisamente esas curvas en el camino para darnos cuenta de que algo de uno ha de cambiar si quiere cambiar verdaderamente.


Pero nuestra manera de mirar es, sin duda, tan peculiar, tan maravillosa, tan clara y tan personal que nos agarra con fuerza a ésta que creemos que es la vida… cuando no deja de ser la nuestra; y, por eso, su cambio se convierte en un trabajo minucioso y delicado. Eso es lo que nos muestra la autora de estas páginas en su desnudarse lento y cadencioso. La lectura de este texto es, desde la primera palabra, demostración de que lo único que nos hace ser la persona que somos es la mirada propia".

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