28.1.14

Un viaje a ninguna parte

Intentamos entender lo que ocurre en el mundo y peleamos a brazo partido porque ese mundo que percibimos sea como nosotros creemos que ha de ser; comenzamos así un viaje a ninguna parte del que, como ya hemos dicho antes en algún lugar, sólo uno mismo puede volver. Nunca se repetirá suficiente que lo único que importa -lo que nos hace sufrir y lo que nos hace gozar...- es la mirada propia. Y es que el pensamiento -que creemos controlar, como nos ocurre también en la respiración- con mucha frecuencia se encuentra ocupado dando vueltas a la posibilidad de que lo que queremos pueda no estar a nuestro alcance. Lo mismo ocurre con todo aquello que creemos necesitar con mayor o menor desesperación. Nos pone muy nerviosos la impermanencia de las cosas y, como consecuencia, la posibilidad de que lo que hemos conseguido lo acabemos perdiendo. Más aún podemos decir: nos aterroriza vernos separados de aquellas cosas o personas que hacen que la vida merezca la pena y sin las cuales podemos llegar a pensar que no tiene mucho sentido continuar. El aburrimiento, o la frustración, o el enfado o la tristeza aparecen una y otra vez por algo que ocurre ahí afuera, en el mundo. Parece que no somos capaces de darnos cuenta que esas emociones no son la consecuencia de lo que ocurre afuera; son una parte importante de la condición humana: digamos que estamos hechos así. Todas esas emociones está ahí para avisarnos de algo y ese algo tiene mucho que ver con nosotros mismos. Marco Aurelio, en sus Meditaciones, afirmó que "nuestras turbaciones proceden sólo de la opinión que llevamos dentro" y propone algo así como un desapego psicológico. El problema es que consideramos nuestras frustraciones, nuestras preocupaciones, nuestros miedos y todas las demás emociones negativas como una respuesta al comportamiento de otras personas hacia nosotros y a acontecimientos del mundo exterior que nos rodea. Pero entonces, si mis problemas se originan en el mundo exterior y yo no tengo control sobre ese mundo, da la sensación de que estoy inevitablemente destinado a sufrir. Éste es el viaje a ninguna parte. Por contra, podemos afirmar que no tiene porque haber una conexión causa-efecto inevitable entre una situación o suceso y la reacción emocional que provoca en nosotros. Pensar que eso siempre es así hace que nos sintamos como víctimas indefensas.

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