30.6.14

Necesidades

Reconocer nuestro ser personal exige, como poco, reconocer nuestras necesidades. Esto supone aceptar que las tenemos y que podemos darnos cuenta de cómo nos motivan, que podemos atenderlas, que podemos establecer prioridades cuando interfieren entre sí y que podemos ocuparnos de ellas nosotros mismos, en lugar de esperar a que alguien se ocupe o quejarnos de que nadie lo haga. Posiblemente no hay nada más paralizante que ignorar lo que necesitamos como personas para conseguir algo que "creemos" necesitar. Este tipo de soluciones alternativas no suele llevarnos a buen puerto. Al ignorar las propias necesidades, nos ponemos en tensión por dentro y esa tensión tiende a salir de alguna manera: quejas, agresividad, nostalgia, tristeza, aislamiento... Sin embargo, esa tensión no desaparece cuando se canaliza de manera insana. Sólo cuando la ponemos al servicio de la transformación interior, la creación de nuestra realidad y el cuidado de las relaciones con los demás puede llegar a desaparecer. Y lo mismo les ocurre a los demás: también ellos tienen sus necesidades que intentan satisfacer del mejor modo a su alcance, contando con nosotros o no.


Cuando aceptamos observar la propia tensión, la que solemos dirigir hacia el sí mismo y la que dirigimos hacia los demás inconsciente y sutilmente –a menudo con la mejor intención-, y nos esforzamos en comprender el papel que juega en nuestra vida, cómo se origina y cuál es su recorrido, entonces nos estamos dando la oportunidad de suavizarla, o desconectarla, o desactivarla incluso antes de que aparezca. Esto es especialmente importante para el mantenimiento de relaciones humanas veraces y satisfactorias entre unos seres humanos, desde la libertad y la responsabilidad de cada uno consigo mismo y con las personas amadas. Sin tergiversaciones o manipulaciones.


No podemos ignorar, en este sentido, que la agresividad es una consecuencia de la falta de conocimiento y consciencia. Si fuéramos interiormente más conscientes de lo que verdaderamente vivimos, encontraríamos con facilidad la manera y la ocasión de expresar lo que somos, lo que deseamos y lo que sentimos sin recurrir al ocultamiento, a la mentira, a la manipulación o a la agresividad. Y hay agresividad si empleamos la motivación propia de nuestras necesidades para forzar, coaccionar o engañar, en lugar de crear, estimular o protegernos mutuamente. Lo que ocurre es que, en última instancia, nuestra estima personal y la vergüenza suele llevarnos a callar, cuando no a emplear el juicio como defensa.

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