21.4.16

A capa y espada

Las situaciones de peligro o de impotencia nos hacen sentir miedo, miedo que solemos combatir empleando viejas estrategias en las que confiamos, con independencia de su utilidad en el pasado. Y es que la forja de nuestra identidad personal nos ha costado tanto que la defendemos incansablemente y cualquier pequeña expresión en su contra resulta amenazante. Interesante aspecto éste, pero lo trataré en otra serie de entradas de este blog bajo la etiqueta “identidad personal”. Lo que aquí vengo a plantear es: ¿cómo nos afectan aquellos miedos en la interacción con los demás?

Quisiera en este punto darle la vuelta a este argumento: ¿no será que quienes sienten miedo de disolverse en el fragor del encuentro personal ocultan parte de lo que son, de lo que piensan y de lo que sienten? O, por contra, ¿no será que quienes anhelan dicho encuentro, pretendiéndolo cueste lo que cueste, se ocultan de sí mismos violando precisamente lo que son, lo que piensan y lo que sienten? En cualquiera de estos casos, el sentimiento profundo de soledad es inevitable. El miedo nos atenaza hasta el aislamiento.

Confieso que me resulta difícil de explicar: el empeño y la tenacidad en la comprensión de las emociones que suscita un encuentro personal han de ser muy intensos; de lo contrario, las defensas del yo -por enrocamiento en lo personal o por disolución en el otro- provocan que sea el miedo el que nos gobierna, no el ser personal inteligente en toda su potencialidad. El “yo tengo la razón” -expresión paradigmática del miedo- se nos mete por grietas infinitamente delgadas e impide el encuentro. Si queremos comunicarnos con otra persona, si queremos encontrarnos verdaderamente con ella, primero habrá que comprender que nuestros propios miedos están al acecho para saltar al puente de mando y pilotar toda la situación. Esta comprensión es fundamental y estar motivado en el trabajo de investigar "qué de mí me impide encontrarme contigo" resulta necesario para mi propia transformación. Muy probablemente vaya por ahí aquella vieja máxima de la cultura griega grabada con letras de oro en el frontispicio del Templo de Apolo en el santuario de Delphos: “Conócete a ti mismo”: una sugerencia sobre el lugar donde podemos encontrar las respuestas que buscamos. Sin duda, la pelea contra el miedo ha de ser a capa y espada y sin tregua.

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