7.4.16

Baile de espejos

Nos conocemos a través de los demás. Puede decirse que no sabemos quienes somos ni sabemos relacionarnos con nosotros mismos sin la interacción con los demás. Y al mismo tiempo, no hay un verdadero encuentro con otra persona sin un conocimiento mínimo de uno mismo. El encuentro real sólo puede ocurrir en la combinación de esfuerzo y apoyo: como si de una pareja de patinaje sobre hielo se tratara, el encuentro ocurrirá unas veces siendo uno el que sujeta al otro y, otras, siendo uno sujetado por el otro. En ese mutuo orbitarse, quienes se encuentran se conocen y se reconocen: una doble espiral enrollada en la que cada columna se mira reflejada en la otra.

¿Qué ocurre si no soy capaz de mirar-me en el otro en el encuentro con él porque olvido quien soy y lo que necesito? Como nos sucede cuando sentimos hambre y no podemos satisfacerla, si no tenemos en cuenta nuestras necesidades tendemos a sentir y a expresar la frustración y la ira con que suele acompañarse. Desde este punto de vista de la interacción personal, la tarea es aceptar que tenemos necesidades, aceptar su jerarquización y aceptar nuestra responsabilidad en su satisfacción. El esfuerzo empleado en convencer al otro de lo que debe hacer para satisfacer aquellas necesidades puede dirigirse al cambio personal interior y la mejora de la relación con ese otro. De la misma manera, la persona con la que nos encontramos también tiene sus necesidades, de las que ha de hacerse responsable para poder dirigir todos sus esfuerzos en el crecimiento interior y en la mejora de la relación. Del modo contrario, la guerra por el poder está servida.

Como si de un espejo se tratara, nuestro interlocutor puede ayudarnos a ver lo que hacemos, cómo nos relacionamos con nosotros mismos y cómo expresamos la rabia por la no satisfacción de nuestras necesidades. Y así, conociendo cómo funciona mi propia agresividad, tendrá la oportunidad de poner toda esa energía al servicio de la relación. Pero no perdamos de vista un pequeño detalle: ¿qué sentido tendría que uno le exigiera al espejo en el que se ve reflejado que satisficiera su necesidad de belleza? Uno se mira y se vuelve a mirar mientras se retoca aquí o allá tantas veces como sea necesario hasta que lo que se ve resulta de su agrado; pero no le decimos al espejo que nos maquille como nos gusta; es uno mismo quien se maquilla, aunque necesite del espejo para hacerlo.

Es sólo un primer escalón en la comprensión de la comunicación personal: el conocimiento propio desde lo que el otro me refleja para poner mi esfuerzo al servicio de la relación. Sin esto no puede haber baile de los espejos.

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