26.4.16

Detalles de lo inmediato

Lo que vemos a nuestro alrededor depende, en su mayor parte, de dónde ponemos nuestra atención. Para darnos cuenta de algo, la atención que pongamos ha de ser suficiente. Nuestra manera de ser hace que todo lo percibido provoque pensamientos, ante cuyo contenido reaccionamos en forma de emociones: su conjunción hace que, automáticamente, nos comportemos de un modo determinado. Son tantos los automatismos que tenemos que, de no poner atención en cada uno de esos sucesos del iter percepción-pensamiento-emoción-acción, no nos daremos cuenta de lo que pasa a nuestro alrededor. Por poner un ejemplo: ¿no has tenido que volver alguna vez al principio de la página del libro que estabas leyendo porque, habiendo pasado tus ojos por cada una de las palabras para leerlas, tu pensamiento estaba en otro asunto? En todo ese rato, no estabas atendiendo al contenido de la lectura, pero sí estabas leyendo.

Poner toda nuestra atención en lo que estamos haciendo es una opción, una elección y, cuando nos damos cuenta de qué es estar atentos, se puede practicar. Es cierto que algunas personas tienen más habilidad que otras en el control de su atención. Y también lo es que nos han educado justo en el máximo aprovechamiento del tiempo y, por esa razón, mientras hacemos algo rutinario, pensamos en otro asunto. En sí mismo esto no es ningún problema; pero sí nos impide darnos cuenta de todos y cada uno de los pequeños detalles de la actividad que estamos realizando. Por ejemplo, la ducha rutinaria nos impide disfrutar de las sensaciones del agua caliente sobre nuestro cuerpo, el olor del champú, la suavidad de la toalla... Acuérdate de esa grata sensación que todos hemos tenido cuando llega la primavera y el buen tiempo nos permite sentarnos en una terraza a tomar algo y ponemos nuestra atención en el “calorcito” que nos producen los rayos del Sol. Ahí estabas dirigiendo tu atención voluntariamente hacia una sensación. ¡Cuántas de esas sensaciones tenemos a diario y no somos conscientes de ellas!

No tenemos más que desplegar nuestros sentidos a la realidad en la que nos encontramos en este momento, centrar nuestra atención en lo que nos está llegando y ver qué sensaciones, qué pensamientos y qué emociones aparecen de una manera espontánea: imágenes, sonidos, gustos, texturas, olores, etc. El proceso del darse cuenta siempre comienza por lo sensorial. Cuanto más conscientes seamos de lo que hacemos cuando lo hacemos, más sanos y felices nos sentiremos (Ben-Shahar, 2012).

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