20.5.16

Matices

Sólo cuando podemos describir bien un problema somos capaces de intervenir en él para intentar resolverlo con pericia y eficacia. Cuando el problema provoca emoción -¡cuándo no!- hemos de hilar fino. Por ejemplo, si estamos sintiendo algo así como inquietud, aunque todos nos entendemos, más o menos, al emplear las siguientes palabras, resulta complicado distinguir los matices que añade cualquiera de ellas en comparación al resto: agitación, desasosiego, desazón, inquietud, intranquilidad, nerviosismo, preocupación, reconcomio, turbación, zozobra… O, ¿qué diferencia encontráis entre abulia, apatía, anorexia, desgana e inapetencia? 

Todos hemos dedicado mucho tiempo a aprender una profesión y, cuando ya nos creemos preparados, la desempeñamos. Sin embargo, no hemos aprendido apenas nada sobre el proceloso mundo de nuestra interioridad. Como ya se ha expresado aquí, crecemos tan pendientes de lo que ocurre fuera y de defendernos de lo que sentimos amenazante del exterior que apenas somos conscientes de lo que nos ocurre en el interior. Me resulta muy sugerente la idea de que las emociones son los indicadores de cómo andamos en la satisfacción de nuestras motivaciones. Obviamente, lo que nos “mueve”, lo que nos motiva, es lo que necesitamos. 

Y aún hay más. La cuestión se complica porque, cuando sentimos enfado por no lograr satisfacer alguna de nuestras necesidades, y a esa emoción se une la impotencia que no saber cómo resolver el problema, tendemos a dirigirla hacia afuera en forma de agresividad, con el riesgo que convertirnos nosotros mismos en amenazas para quienes nos rodean. Si complicado es el mundo de las emociones sentidas, ¡cuánto más en el “baile” entre dos personas! Una cosa está clara: esas emociones nos están informando de una inquietud, una motivación, una querencia, una necesidad personal… de la misma manera que el intermitente del coche que nos precede, nos informa de la intención de su conductor de cambiar la dirección de su movimiento. Es tal la mezcla de sentimientos que sentimos, consecuencia unos de otros, que tendemos -como se ha dicho arriba- a proyectar su causa primera: pero no nos confundamos, la emoción sentida nos informa de una necesidad personal. Es un matiz muy pequeño, pero clave en la búsqueda del bienestar personal: culpar o responsabilizar a los demás de nuestras emociones desagradables no hace más que complicar el problema y alejarnos de la tranquilidad y la paz interior.

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